“Es la misma realidad que el año pasado, o peor”, resumió su directora, Virginia Guariste, al describir el presente del taller. Actualmente, los aportes que llegan desde la Provincia son esporádicos y claramente insuficientes.
El último ingreso fue de poco más de 1,7 millones de pesos a fines de febrero, al que se suma un refuerzo similar recibido en noviembre. En promedio, el monto mensual ronda los 2 millones de pesos. El problema es que esa cifra está muy lejos de cubrir los costos reales de funcionamiento.
“Tenemos un gasto fijo de entre 14 y 15 millones de pesos por mes”, explicó Guariste. La diferencia es contundente: un déficit estructural que se arrastra mes a mes y que obliga a postergar obligaciones, generando una deuda cada vez más difícil de afrontar.
UN DÉFICIT QUE SE AGRAVA
La principal deuda corresponde a las cargas sociales, que ya superan los 40 millones de pesos. A esto se suman problemas edilicios y gastos cotidianos que no pueden cubrirse.
El edificio, en parte heredado del antiguo hospital, presenta un importante deterioro. Cuatro baños se encuentran fuera de servicio y hoy son utilizados como depósito, ante la falta de recursos para su reparación.
“Arreglarlos hoy es imposible. Solo los materiales y la mano de obra cuestan muchísimo”, detalló la directora.
En paralelo, el taller sostiene a 30 operarios —personas con discapacidad que encuentran allí no solo un espacio laboral, sino también de contención— y a un equipo reducido de apenas cuatro trabajadores. Si bien los salarios se abonan en tiempo y forma, muchas otras obligaciones permanecen pendientes.
EL ESFUERZO NO ALCANZA
Para intentar equilibrar las cuentas, la institución recurre a distintas estrategias: venta de productos, organización de eventos y el funcionamiento de un food truck que participa en fiestas locales. Sin embargo, ni siquiera un verano con alta actividad logró revertir la situación.
“El trabajo en la Fiesta del Automovilismo y otros festivales no alcanzó ni para cubrir un mes de gastos”, explicó Guariste. Además, advirtió que ese nivel de actividad no es sostenible en el tiempo, principalmente por la falta de personal.
“La gente cree que es ir a vender y listo, pero lo más difícil es el antes y el después: preparar, cocinar, limpiar y ordenar. Es agotador”, describió.
A esto se suma la escasa cantidad de colaboradores activos: “En la comisión somos cuatro personas las que estamos siempre”.
UN MODELO QUE QUEDÓ OBSOLETO
Durante años, el Taller Protegido logró sostenerse gracias a la tradicional rifa de un automóvil, que permitía cubrir gran parte del funcionamiento anual. Sin embargo, ese esquema quedó desactualizado frente al contexto económico.
“El último auto que sorteamos costaba 2 millones de pesos. Cuando quisimos repetirlo, ya valía 14 millones. Era imposible”, recordó Guariste.
Ante ese escenario, el poco capital disponible se destinó a la compra de un food truck. No obstante, el equipamiento y su puesta en marcha implicaron nuevos gastos que terminaron profundizando el déficit.
UN FUTURO EN RIESGO
La incertidumbre es total. Por primera vez, la posibilidad de cierre aparece como un escenario concreto. “No quiero ni decirlo, pero no sé cómo vamos a seguir”, confesó la directora, visiblemente afectada.
Más allá de lo económico, el impacto sería profundamente social. Para los 30 operarios, el taller representa mucho más que un empleo. “Acá desayunan, almuerzan, realizan actividades y comparten con sus compañeros. Es su vida”, explicó. “Muchos permanecen desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde. Esto es una familia”.
La principal preocupación pasa por el destino de esas personas en caso de que la institución no pueda sostenerse. “¿A dónde van a ir?”, se preguntó.
RECLAMOS SIN RESPUESTAS
La situación ya fue planteada a nivel municipal y provincial, pero las respuestas resultan insuficientes. El año pasado, el Municipio otorgó un aporte extraordinario de 6 millones de pesos, producto de la venta de un terreno, que representó un alivio momentáneo. Desde entonces, no hubo soluciones de fondo.
“Siempre es lo mismo: no hay plata”, sintetizó Guariste.
40 AÑOS, ENTRE LA HISTORIA Y LA INCERTIDUMBRE
El próximo agosto, el Taller Protegido cumplirá 40 años de trayectoria. Un aniversario que, lejos de pensarse como celebración, hoy se vive con preocupación.
“Pensaba que íbamos a poder hacer algo lindo por los 40 años, pero cada vez cuesta más seguir adelante”, reconoció.
En ese contexto, el acompañamiento de la comunidad —como la incorporación de nuevos socios— resulta valioso, aunque insuficiente frente a la magnitud del problema. “Es administrar miseria”, definió con crudeza.
UNA REALIDAD QUE INTERPELA
El caso del Taller Protegido no es aislado, pero sí emblemático. Expone las dificultades que atraviesan numerosas instituciones sociales para sostener su funcionamiento en un contexto económico adverso.
Mientras tanto, la esperanza permanece en la posibilidad de encontrar una solución que evite el peor desenlace. “No queremos llegar al cierre, sobre todo por los chicos”, concluyó Guariste. El tiempo corre y la situación, lejos de mejorar, se vuelve cada día más crítica.
