En Balcarce, como en tantas ciudades de la Argentina, aquellos espacios fueron quedando encerrados entre construcciones. Donde antes había un picado interminable, hoy puede haber una casa, un edificio, un comercio o simplemente otro pedazo de ciudad que creció. Y en la memoria de muchos todavía aparecen aquellos lugares donde se armaban partidos durante horas: La Barrosa, la cancha de la 39, La Capilla, La San Martín, Obras Sanitarias, Sierra Larga, el Mitre, entre tantas otras que fueron parte de la historia futbolera de los barrios. Canchas que ya no están, pero que siguen existiendo en los recuerdos de quienes alguna vez corrieron detrás de una pelota sobre esos terrenos.
Pero todavía quedan algunos potreros. Y este domingo, en la zona de calle Chacabuco entre 27 y 29, uno de esos viejos espíritus volvió a aparecer. La jornada tuvo todos los condimentos de aquellas épocas: un hexagonal, con seis equipos participando, amigos enfrentándose durante varias horas y un premio que también tiene aroma a potrero: un lechón para compartir entre los ganadores.
Y ahí estaba también el famoso chulengo, compañero infaltable de tantas reuniones futboleras. Mientras la pelota iba y venía dentro del terreno, afuera se armaba la otra parte de la fiesta: vecinos acercándose, charlas, risas y el infaltable fuego preparando la comida. Porque en el potrero se jugaba al fútbol, pero también se compartía. El tercer tiempo empezaba muchas veces antes de que terminara el partido.El humo del chulengo, el olor de la carne, algún choripán y las conversaciones alrededor de la cancha completaban una postal que parecía sacada de varias décadas atrás. Porque el potrero nunca fue solamente un lugar para jugar al fútbol. Fue un punto de encuentro.
Ahí se hicieron amistades, se aprendieron las primeras gambetas, se discutieron partidos, se festejaron goles y también se conoció esa vieja enseñanza de que después de una derrota siempre hay otro partido. Tal vez por eso estas imágenes generan tanta nostalgia. Porque quienes alguna vez tuvieron un potrero cerca saben que no hacía falta mucho para ser feliz: una pelota, un par de amigos y varias horas por delante.Hoy esos espacios son cada vez más difíciles de encontrar. El crecimiento de las ciudades los fue empujando hasta convertirlos en parte de la memoria. Por eso, cuando aparece uno, hay que mirarlo. Y quizás también cuidarlo. Porque entre tanto cemento todavía quedan pequeños rincones de pasto verde donde el fútbol conserva su esencia más pura. Sin tribunas. Sin luces. Sin grandes camisetas. Sin VAR. Solamente seis equipos, una pelota, un chulengo, un lechón como premio y un grupo de amigos disfrutando de un domingo. Y mientras siga existiendo un potrero, aunque sea uno solo, todavía habrá un lugar donde el barrio pueda volver a jugar.


