En Balcarce, a pesar de los controles frecuentes realizados por el área de Tránsito de la Municipalidad, persiste una problemática que afecta a numerosos vecinos y que, lejos de disminuir, parece agravarse con el paso del tiempo: el accionar imprudente de jóvenes que circulan en motocicletas realizando maniobras peligrosas, especialmente en la zona céntrica y en inmediaciones de plaza Libertad.
No se trata solo de ruidos molestos o caños de escape adulterados. El problema es mucho más profundo. Se trata de conductas que ponen en riesgo la vida propia y la de terceros, de motos sin condiciones mínimas de seguridad, de actitudes desafiantes hacia la autoridad y de un escenario cotidiano donde el espacio público parece transformarse en una pista improvisada.
Aunque existen operativos de tránsito, la realidad demuestra que no alcanzan para erradicar el problema. Los agentes se encuentran limitados en herramientas y facultades para intervenir de manera efectiva. Muchos motociclistas evaden controles, se burlan abiertamente del personal y continúan circulando con total impunidad. Y aquí surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿perseguirlos es la solución? Claramente no. Una persecución puede terminar en tragedia, poniendo en riesgo la vida de los agentes, de los propios infractores y de vecinos inocentes.
Tampoco ayuda la mirada simplista de ciertos sectores que descalifican el trabajo policial o del personal de tránsito. “La Policía debería atrapar ladrones y no molestar a los chicos en moto”, dicen algunos. Otros sostienen que “los agentes de tránsito solo toman mate y cobran un sueldo”. Ambas posturas desconocen la complejidad del problema y, sobre todo, deshumanizan a trabajadores que cumplen una función esencial en el orden urbano.
Entonces cabe otra pregunta: ¿es más fácil criticar que aportar soluciones? Todo indica que sí. Porque exigir orden implica también asumir responsabilidades colectivas. La convivencia vial no se construye únicamente con controles, sino con educación, respeto y límites claros desde el hogar.
Balcarce no puede resignarse a ser “tierra de nadie”. Y aunque el Estado tiene un rol clave, el problema no es exclusivamente del Ejecutivo municipal. La raíz está en una crisis de valores que comienza en la familia, se replica en la calle y termina impactando en toda la comunidad.
Recuperar el respeto por las normas no es una tarea sencilla, pero es urgente. Porque mientras se mira para otro lado, el ruido, el caos y el peligro siguen ganando espacio. Y cuando eso ocurre, el costo siempre lo paga la sociedad entera.
