Uber, remises y una discusión que Balcarce ya no puede esquivar

Ayer, propietarios y trabajadores del sector de taxis y remises se acercaron al Palacio Municipal para plantear una preocupación que atraviesa directamente a su actividad.

El reclamo fue presentado ante las autoridades municipales y particularmente ante el secretario de Gobierno, Ricardo Stopani. Los trabajadores sostienen que, con la llegada y crecimiento de las aplicaciones de transporte, habrían perdido alrededor de un 60% de los viajes, y eso, lógicamente, repercute directamente en sus ingresos.

Y hay que decirlo claramente: el reclamo merece ser escuchado.

Porque detrás de cada remisero, detrás de cada trabajador del volante, hay una familia, hay una fuente de trabajo y hay una actividad que durante muchos años formó parte de la vida cotidiana de Balcarce.

Lo que están reclamando, fundamentalmente, son reglas similares para todos.

Pero acá aparece una pregunta que también tenemos que hacernos.

¿Estamos solamente frente a un problema generado por Uber o Didi?

¿O estamos frente a una transformación del servicio de transporte que también tiene que ver con las deficiencias que durante años tuvo el sistema tradicional?

Porque si hacemos memoria, esto no es nuevo.

Hace décadas, cuando en Balcarce funcionaban los taxis, aparecieron los remises. Y los remises ingresaron al mercado ofreciendo, entre otras cosas, precios diferentes y otra modalidad de servicio.

Con el tiempo, los vecinos fueron eligiendo.

Y esa elección terminó modificando completamente el escenario: los taxis prácticamente desaparecieron de nuestra ciudad y los remises pasaron a ocupar ese lugar.

Entonces, ahora que aparece una nueva alternativa, la historia parece repetirse.

Primero fueron los taxis frente a los remises.

Ahora son los remises frente a las aplicaciones.

Y hay algo que no podemos desconocer: el usuario también tiene derecho a elegir.

Hoy muchas personas en Balcarce utilizan Uber o Didi porque encuentran un servicio que consideran más económico, rápido y práctico.

La aplicación permite solicitar un vehículo desde el teléfono, conocer quién va a conducir, observar el recorrido y tener una referencia del costo antes de realizar el viaje.

Eso genera una sensación de previsibilidad que para muchos usuarios es importante.

Pero también sería injusto hablar solamente de las virtudes de las aplicaciones y olvidarnos de las falencias que tiene el sistema tradicional.

Porque también hay reclamos de los usuarios que llevan años existiendo.

Hay remises que no están en las condiciones que deberían estar para circular.

Ha habido vehículos vinculados a accidentes y también situaciones denunciadas donde conductores fueron encontrados alcoholizados.

Hay pasajeros que suben a un remis y sienten olor a cigarrillo.

Hay personas que llaman y reciben como respuesta: "En diez minutos está ahí".

Y terminan esperando veinte, treinta o cuarenta minutos, teniendo que llamar nuevamente una, dos o tres veces.

Y hay otra cuestión todavía más importante: el servicio nocturno.

Hay horarios, especialmente durante la madrugada, en los que una persona necesita trasladarse y no encuentra un remis disponible.

Entonces, cuando aparece una aplicación que funciona durante esas horas, el usuario encuentra una solución.

Y ahí está, quizás, una de las claves de toda esta discusión.

Las aplicaciones no llegaron a Balcarce porque sí. Llegaron porque encontraron un espacio.

Encontraron una necesidad.

Encontraron usuarios que estaban buscando precio, rapidez, disponibilidad y una modalidad diferente de contratación.

Por eso, si el Estado municipal decide discutir este tema, debería hacerlo mirando las dos caras de la realidad.

Por un lado, proteger y ordenar una actividad que representa trabajo para muchas familias.

Pero, por otro lado, también garantizarle al vecino un servicio seguro, eficiente, accesible y disponible.

Porque tampoco podemos pedirle al usuario que vuelva obligatoriamente a un sistema que, en determinadas circunstancias, no le brinda la respuesta que necesita.

Y hay otro dato que resulta llamativo y que también forma parte de esta realidad.

Hay remiseros que, cuando están parados y no tienen viajes, utilizan ellos mismos las aplicaciones como Uber para conseguir un viaje y generar un ingreso adicional.

Es decir, el fenómeno ya atraviesa al propio sector que hoy reclama por la competencia de las aplicaciones.

Y eso demuestra que estamos frente a un cambio mucho más profundo que una simple pelea entre remiseros y Uber.

Estamos frente a un cambio en la forma de trabajar, de trasladarnos y de contratar un servicio.

Por eso, quizás la discusión no debería ser simplemente "Uber sí" o "Uber no".

La verdadera discusión debería ser:

¿Qué reglas queremos para todos?

¿Qué requisitos debe cumplir un remisero?

¿Qué requisitos debe cumplir un conductor de una aplicación?

¿Qué condiciones de seguridad deben tener los vehículos?

¿Qué controles deben existir?

¿Cómo se controla a quienes trabajan durante la madrugada?

¿Cómo se garantiza que el pasajero tenga seguridad?

¿Cómo se garantiza también que quien vive de manejar tenga condiciones de trabajo justas?

Y, fundamentalmente, ¿cómo hacemos para que exista competencia, pero bajo reglas claras?

Porque prohibir una aplicación no hace desaparecer la necesidad que llevó al vecino a utilizarla.

Y tampoco podemos ignorar el reclamo de quienes durante años sostuvieron el servicio de transporte de pasajeros en nuestra ciudad.

La solución, entonces, no debería estar en enfrentar a un trabajador contra otro.

Remiseros contra Uber.

Taxistas contra aplicaciones.

Tradicionales contra modernos.

La discusión debería ser otra.

Que todos puedan trabajar.

Que todos cumplan reglas.

Que todos sean controlados.

Que el pasajero viaje seguro.

Y que el vecino pueda elegir el servicio que considera más conveniente.

Porque, al final de cuentas, el usuario también está dando su opinión.

Y quizás la mejor manera de recuperar parte de ese 60% de trabajo que los remiseros dicen haber perdido no sea solamente reclamar contra las aplicaciones.

Quizás también haya que preguntarse qué servicio estamos ofreciendo y qué podemos mejorar.

Porque cuando un vecino elige una aplicación, no solamente está eligiendo un precio.

Está votando —como consumidor— por una determinada forma de recibir un servicio.

Y esa señal también merece ser escuchada.

Balcarce tiene que discutir este tema. Pero tiene que hacerlo con reglas claras, controles para todos y escuchando a todos: al trabajador, al empresario, al Estado y también al pasajero.

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